Mi padre fue un hombre cabal. Mi modelo de lo que debe ser un hombre:
recto, leal, honesto a toda prueba, una persona de palabra. Siempre dije que
las pocas virtudes que tengo se las debo a sus enseñanzas y los defectos, son
fallas mías.
Amaba la vida, solía decirme que es hermosa, y que le gustaría que nunca terminara,
pero a la vez me decía que estaba en paz
consigo mismo y que estaba listo para partir cuando llegara el momento.
El último año, su estado general desmejoró, y desde diciembre se vino a pique.
Lo sostuvo su voluntad inquebrantable, su enorme corazón. Ese que se colmaba de
felicidad cuando veía juntos a hijos, nietos y bisnietas dando vueltas por la
casa. El domingo de Pascua fue un día de fiesta con todos nosotros a su lado.
Durante años pedí a Dios que me concediera estar junto a mis padres en el
momento de partir, y poder ayudarlos a hacerlo en paz. Y Dios es generoso
conmigo. Me permitió acompañarlo en su última noche, me permitió abrazarlo y
calmarlo y decirnos cosas que voy a guardar en mi corazón el resto de mis días.
Me permitió estar a su lado hasta que su corazón, ese que tanto nos amó,
dijo basta.
Tuviste una vida difícil pero plena, nos enseñaste del mejor modo, con
ejemplos. Hoy tu labor está cumplida y es hora de descansar. De reunirte con
tus antepasados. Pese al dolor enorme y a este agujero que siento en el alma y
el corazón, es un honor que seas mi viejo, es un honor ser tu hijo y que me
hayas guiado en la vida todos estos años.
Chau papá querido. Hasta que volvamos a encontrarnos te seguiré llevando en
el corazón y el alma, en la sangre que corre por mi corazón, ese que
ennobleciste con tu presencia.
Gracias viejo, sé que la abuela te estaba esperando del otro lado. Dios te
bendiga siempre.
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