No suelo colgar acá palabras de otros. Pero este discurso de Robert Kennedy, realmente me impactó. Si cambiamos las nacionalidades, este discurso de hace mas de 40 años en otro país, aplica perfectamente al nuestro.
Creo que es la única salida posible. Qué da para el debate? Totalmente, pero si sabemos reconocernos como semejantes, es un comienzo.
“Hoy
no es un día para política, aprovecharé mi único acto de hoy, para
hablarles brevemente, de la insensata violencia en América, que de nuevo
salpica a nuestro país y la vida de todos nosotros. No incumbe a una
sola raza, las víctimas de la
violencia son negras y blancas, ricas y pobres, jóvenes y viejas,
famosas y desconocidas; son sobre todas las cosas, seres humanos a los
que otros seres humanos querían y necesitaban. Nadie, viva donde viva,
haga lo que haga, puede estar seguro quien va a sufrir, por un acto
insensato de derramamiento de sangre. Sin embargo, sigue, sigue y sigue
en este país nuestro. ¿Por qué? ¿Qué ha conseguido siempre la
violencia?, ¿Qué ha creado siempre? Siempre que un americano pone fin a
la vida de otro americano, innecesariamente, ya sea en nombre de la ley,
o desafiando la ley, ya sea un hombre o de una banda que mata a sangre
fría o con rabia, en una ataque de violencia, o respondiendo a la
violencia, siempre que se rasgue el viento de una vida, que otro hombre a
tejido, torpe y penosamente, para el y sus hijos, siempre que hagamos
eso, la nación entera será degradada. Y sin embargo parecemos tolerar un
nivel creciente de violencia, que ignora nuestra común humanidad, y
nuestras demandas a la civilización. Demasiadas veces celebramos la
arrogancia y la chulería, y a los bravucones, demasiadas veces
excusamos, a los que quieres construir su vida sobre los sueños
destrozados de otros seres humanos. Pero hay una cosa clara, la
violencia engendra violencia, la represión engendra venganza, y solo una
limpieza de toda nuestra sociedad, puede arrancar este mal de nuestros
corazones. Pues cuando enseñas a un hombre a odiar y temer a su hermano,
cuando le enseñas que es un ser inferior, por su color, o sus
creencias, o las normas que siguen, cuando le enseñas que los que son
distintos a ti, amenazan su libertad, o tu trabajo, o tu hogar, o tu
familia, entonces aprende también a enfrentarse a los otros, no como
conciudadano, si no como enemigos, recibiéndolos no como cooperantes, si
no como invasores que subyugan y someten. Y al final aprendemos a mirar
a nuestros hermanos como extraños, extraños con los que compartimos una
ciudad pero no una comunidad, hombres ligados a nosotros en una
viviendo común, pero no en un esfuerzo común. Tan solo aprendemos a
compartir un miedo común, solo un deseo común, de alejarse del otro,
solo un impulso común, de superar el desacuerdo con la fuerza. Nuestra
vida en este planeta es demasiado corta, el trabajo por hacer es
demasiado grande para dejar que ese espíritu prospere por más tiempo en
esta tierra nuestra. Desde luego, no podemos prohibirlo con militares,
ni con una resolución, pero quizás podamos recordar, aunque se por un
momento, que aquellos que viven con nosotros son nuestros hermanos, que
comparten con nosotros el mismo corto momento de vida, que solo buscan,
como nosotros, la oportunidad de vivir la vida con bienestar y
felicidad, disfrutando lo que la satisfacción y el logro les
proporciona. Seguramente este vínculo de sentido común, seguramente este
vínculo de objetivos comunes, puede empezar a enseñarnos algo.
Seguramente podremos aprender, por lo menos, a mirar alrededor a
aquellos de nosotros que son nuestros semejantes, y seguramente podremos
empezar a trabajar con algo más de entusiasmo y a curarnos mutuamente
las heridas, y convertirnos otra vez, en hermanos y compatriotas de
corazón.“