Estos días
recordaba las primeras imágenes del atentado a la AMIA, hace de esto diecinueve
años casi. La gente común, de la calle, dando una mano como podía. A la vista
de lo sucedido en La Plata sobre todo, pero también en Buenos Aires, en la
Matanza, estamos tan indefensos como entonces.
Estamos desnudos en
la oscuridad, esperando un golpe, no sabemos donde, ni cuando ni como.
Se sabe que la
naturaleza desbarata toda soberbia humana. Pero existen obras aliviadoras,
protocolos de cómo proceder ante una situación determinada, para organizar la
ayuda y rescate de las personas, porque no hay mayor valor que la vida. O así
debiera ser, en una sociedad normal.
No en la nuestra,
donde asistimos al execrable espectáculo de dirigentes paseando por el mundo, o escondidos hasta que
les dijeron que había muchos muertos o peor aún, batiendo records de bajeza y
repartiendo culpas a “los otros”, como si eso los tornara impolutos.
El diluvio lavó una
vez mas sus máscaras despreciables, dejando al descubierto su ineptitud,
inoperancia y falta de previsión. Y la gente común, como vos, como yo, son
quienes pagan con su vida la miseria dirigencial.
Pagar con la vida,
pensemos un minuto. Ahora estás, un instante después todos tus sueños, tu
historia, tu memoria, tu paso y tus proyectos, tus afectos y sonidos se desvanecen
para siempre. Excesivo precio.
Una vez mas, desde
el inicio fue la gente quien ayudó a sus vecinos, su prójimo, sus hermanos, desde
donde pudiera, como en la AMIA, como en Cromagnon, como en Once. Porque las
autoridades fallaron una vez mas, y la prueba mas fehaciente de su
improvisación es que 48 horas después hablaban de “vamos a ver como hacemos”.
Como siempre, se
piensa en la posibilidad de comprar un matafuego cuando la casa se incendia.
Es imprescindible,
impostergable, encarar planes de contingencia, donde haya actores que se
involucren y hagan girar la rueda desde el inicio, en esos momentos de zozobra
en los que es fundamental organizarse.
Es imprescindible,
impostergable, encarar las obras necesarias para proteger a la gente cuando se
desatan estos fenómenos, cada vez mas frecuentes.
Y finalmente, es
hora de hacer a un lado las mezquindades, el querer sacar ventaja aún en la
tragedia. Señoras y Señores, dan asco, tienen harta a la gente con sus actos
delictivos, con su soberbia, con su menosprecio por nuestra vida.
Somos hermanos,
somos hijos de esta tierra, y nos estamos matando entre nosotros. Nos están
asesinando en cuotas hace años, están hipotecando el futuro de nuestros hijos y
nietos.
En alguna parte del
Evangelio, Jesús dice: no he venido a ser servido sino a servir.
Señoras y señores,
háganlo. O tal vez el látigo de tanto manso harto de dolor y humillaciones
restalle sobre sus cabezas.