De pronto el tiempo parece congelarse. Pero es raro, porque uno lo ve correr
y ve pasar hechos, caras y sensaciones, pero todo está inmóvil.
Todo está como atado a cierto momento
de relojes detenidos, de personas quietas, de palabras nunca terminadas de
decir.
Una vorágine, como un enorme agujero negro que tragara el tiempo, no el
dolor, no las lágrimas. Todo pasando por el tamiz donde quedan los recuerdos.
Y todo estalla en los ojos, en la voz quebrada, en el pecho, por donde
pasa el mundo, allí donde los relojes parecen derretirse y las manos casi se
tocan y uno ve su propio reflejo en el espejo con otro rostro, evanescente,
casi como hojas secas que el viento arrastra, pero quedan en el aire,
suspendidas, porque el tiempo parece abolido.
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