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agosto 12, 2010

La mujer en la calle

La mujer desaliñada se acercó y me entregó un papel arrugado.-Lea- me dijo:
Pasan como caballos.
El puente se vuelve quebradizo,
levanto una mano y declamo
la soledad del cisne en su morada.
Pasan como caballos.
Por esta sucia carretera
ruedan miles de litros de sangre,
toneladas de huesos,
carcajadas de lujuria y muerte.
Pasan como caballos.
Y la vida se apelmaza
en platos vacíos con restos de comida,
gira frente a persianas bajas y golpea,
entrando por las hendijas.
Creo que el sueño es otra etapa
no una meta o un designio.
Pero el pan se endurece,
inerte sobre la mesa,
las plantas degluten la asfixia
y veo un angel abandonado.
Corren como caballos.
Y se van, llevando mi cordura.

Me  miró fijamente mientras leía, luego seria, mientras agitaba las manos: -esto no me da de comer, pero las voces están aquí- golpeándose la cabeza con las palmas -tengo que soltarlas porque me inflo como un globo y voy a explotar, no tengo remedio, y así estoy, loca, loca como una bolsa de mariposas. Eso es, eso es. Te lo regalo, Felipe. Giró y se fue, caminando con majestad hasta girar en la esquina. El poema lo firmaba Juana, como era previsible.

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