La mujer desaliñada
se acercó y me entregó un papel arrugado.-Lea- me dijo:
Pasan como
caballos.
El puente se vuelve
quebradizo,
levanto una mano y
declamo
la soledad del
cisne en su morada.
Pasan como
caballos.
Por esta sucia
carretera
ruedan
miles de litros de
sangre,
toneladas de
huesos,
carcajadas de
lujuria y muerte.
Pasan como
caballos.
Y la vida se
apelmaza
en platos vacíos
con restos de
comida,
gira frente a
persianas bajas
y golpea,
entrando
por las hendijas.
Creo que el sueño
es otra etapa
no una meta o un
designio.
Pero el pan se
endurece,
inerte sobre la mesa,
las plantas
degluten la asfixia
y veo un angel
abandonado.
Corren como
caballos.
Y se van, llevando
mi cordura.
Me miró fijamente mientras leía, luego seria,
mientras agitaba las manos: -esto no me da de comer, pero las voces están aquí-
golpeándose la cabeza con las palmas -tengo que soltarlas porque me inflo como
un globo y voy a explotar, no tengo remedio, y así estoy, loca, loca como una
bolsa de mariposas. Eso es, eso es. Te lo regalo, Felipe.
Giró y se fue, caminando
con majestad hasta girar en la esquina. El poema lo firmaba Juana, como era
previsible.
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