Lo conocí cuando visitó Buenos Aires en 1998, unos meses antes de recibir el premio Nobel. Fue en una librería en San Isidro, donde dio una charla maravillosa que siempre retumba en mi memoria.
Habló de sus abuelos, humildes campesinos que, para sobrevivir criaban cerdos. Pero, como carecían del dinero para construir un pequeño cobertizo, durante los inviernos los animales dormían en la misma habitación que ellos para resguardarlos. Años después, su abuelo enfermó del corazón y requería traslado a Lisboa para ser tratado. Acaso intuyendo que no volvería, antes de partir abrazó uno a uno a sus árboles y les susurró unas palabras de despedida.
Mis abuelos, agregó, han muerto hace mucho tiempo. Pero cada vez que los recuerdo o cuento estas historias, ellos siguen vivos. Andando el tiempo, agregó a su audiencia, mientras ustedes recuerden esto, ellos estarán vivos.
Hoy se ha reunido con sus ancestros, y el seguirá aquí desde los libros que escribió y en mi corazón, allí donde anidan sus palabras y su grandeza.
"Nuestra única defensa contra la muerte es el amor" dijo alguna vez.
Hoy, una vez mas, sabemos que es cierto.
Buen viaje querido José.
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